¿Dónde estábamos? El silencio que hizo posible el horror
- Centro de Pensamiento Colombia Humana
- 29 abr
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El horror no ocurrió en el vacío ni a espaldas de la sociedad. Ocurrió mientras muchos mirábamos sin ver, escuchábamos sin oír y aprendíamos a convivir con lo intolerable. La pregunta “¿Dónde estábamos?” obliga a asumir una verdad incómoda: el silencio no fue ignorancia, fue una forma de participación. Sin enfrentar esa responsabilidad, no hay revolución ética posible
Por: Luis H. Barreto
La pregunta del padre Francisco de Roux —“¿Dónde estábamos?”— no es un ejercicio de memoria tardía ni una apelación moral abstracta. Es una acusación política incómoda, dirigida a una sociedad que aprendió a convivir con el horror sin interrumpir su normalidad. No apunta solo a quienes empuñaron las armas, firmaron órdenes o diseñaron incentivos de muerte. Nos alcanza a todos los que seguimos viviendo, adaptándonos, justificando o callando mientras el horror se volvía rutina.
¿Dónde estábamos cuando el asesinato dejó de conmovernos y se convirtió en una fría estadística?
¿Dónde cuando los “falsos positivos” eran presentados como grandes logros de la seguridad democrática?
¿Dónde cuando el desplazamiento forzado arrasaba territorios enteros y lo llamamos “daño colateral”?
La respuesta más incómoda es sencilla: estábamos ahí. No en el lugar del crimen, pero sí en el lugar de la indiferencia. Estábamos protegidos por la distancia, por la idea de que la violencia ocurría lejos, en otras geografías, en vidas que no eran las nuestras. Estábamos convencidos de no ser responsables porque no disparamos un arma ni dimos una orden. Esa convicción fue falsa. Nuestra distancia no fue neutral: fue una forma de insensibilidad colectiva que permitió que la violencia se integrara a la normalidad sin provocar una ruptura moral.
Hannah Arendt advirtió que el mal extremo no siempre se impone por fanatismo o crueldad, sino que prospera cuando las personas renuncian a pensar y a juzgar. Lo llamó la banalidad del mal: no la perversión excepcional, sino la irreflexión cotidiana. Para Arendt, la política no se reduce al Estado ni al gobierno; existe allí donde los ciudadanos comparecen —o se ausentan— como responsables del mundo que comparten. Desde esta perspectiva, la indiferencia frente al sufrimiento ajeno no es solo una falla ética: es una irresponsabilidad política.
En Colombia, esa renuncia al juicio adoptó formas simples, repetidas y eficaces. “Algo habrán hecho”. “En la guerra pasan cosas”. “No había otra opción”. Frases que suspendieron el pensamiento, borraron el rostro de las víctimas y clausuraron la pregunta incómoda. Con ese lenguaje se anestesió la conciencia pública y se hizo posible que el horror continuara sin resistencia social significativa. Cuando dejamos de pensar desde la perspectiva del otro, el mal encuentra las mejores condiciones para reproducirse.
Por eso la pregunta “¿Dónde estábamos?” no busca producir culpa paralizante ni repartir certificaciones retrospectivas de virtud. Busca romper la coartada de la inocencia. Estábamos muchas veces reducidos al papel de espectadores. Y para Arendt, el espectador pasivo es una figura peligrosamente cercana al cómplice silencioso: alguien que, sin actuar, permite que el mundo común se degrade.
La responsabilidad no se agota en el Estado ni en los actores armados. Los medios de comunicación, el sector privado, las élites políticas y económicas, y también la ciudadanía común, contribuyeron —por acción u omisión— a definir qué merecía indignación y qué podía ser olvidado. La violencia se volvió paisaje porque aceptamos que fuera paisaje. La muerte se volvió costumbre porque aprendimos a mirarla sin ver. Con nuestro silencio, construimos una sociedad deshumanizada, insensible a la tragedia y al dolor humano.
Es contra esa ausencia —contra esa comodidad moral— que cobra sentido la idea de una revolución ética. No como consigna electoral ni como gesto retórico, sino como una exigencia mínima para la vida democrática: volver a comparecer como ciudadanos. Asumir que el silencio también produce daño. Que la verdad, la memoria y la dignidad de las víctimas no son asuntos secundarios, sino el núcleo mismo de la política. En ese horizonte, figuras como Iván Cepeda encarnan una ética pública que se niega a separar política de responsabilidad moral y que entiende que sin sensibilidad frente a las víctimas no hay democracia posible.
Responder hoy a “¿Dónde estábamos?” no es un acto de penitencia, sino una decisión sobre el presente. Nombrar nuestra indiferencia es el primer paso de una revolución ética real. La política comienza allí: cuando dejamos de estar ausentes, cuando recuperamos el juicio y la palabra, cuando asumimos que cuidar la dignidad humana no es opcional, ni siquiera cuando resulta incómodo.
Tal vez la pregunta decisiva no sea dónde estábamos entonces, sino por qué aceptamos estar ausentes. Porque el silencio no fue neutral ni involuntario: fue una elección cómoda frente al dolor ajeno. Y una democracia que no se atreve a nombrar esa comodidad como forma de complicidad está condenada a repetir el horror cada vez que vuelva a parecer distante.




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