CUANDO LA FUERZA HUMILLA AL DERECHO
- Centro de Pensamiento Colombia Humana
- 25 abr
- 7 min de lectura
Las cartas cruzadas de Einstein y Freud: una lección para entender la guerra de hoy
Por: Dagoberto Quiroga Collazos
En momentos en que el mundo presencia una nueva degradación del orden internacional, marcada por guerras, amenazas, selectividad en la aplicación del derecho y debilidad de los organismos multilaterales, resulta pertinente volver sobre una de las conversaciones intelectuales y morales más importantes del siglo XX, que a pesar de haber sido proféticas, al mismo tiempo trágicamente no fueron suficientemente comprendidas por la humanidad.
En 1932, cuando el mundo se acercaba a una de sus mayores catástrofes, Albert Einstein le formuló a Sigmund Freud una pregunta tan sencilla como de alta complejidad: ¿hay algún camino para evitar a la humanidad los estragos de la guerra?
No era una pregunta académica ni una especulación filosófica. Era una pregunta nacida de la angustia histórica de una época que ya dejaba ver el ascenso de los extremismos, la degradación de la convivencia internacional y la fragilidad de la civilización cuando el poder deja de reconocer límites.
Freud respondió con la misma seriedad. Propuso, una reflexión profunda sobre la relación entre fuerza, derecho, poder, odio, pulsiones agresivas del ser humano y civilización.
Casi un siglo después, frente a las guerras actuales, las amenazas permanentes, la selectividad de algunas potencias, el doble rasero en la aplicación del derecho internacional y la casi impotencia de los organismos multilaterales, aquella conversación no solo conserva vigencia: parece haber anticipado buena parte del drama del presente.
Una conversación que sigue interpelando al mundo
Las cartas cruzadas entre Einstein y Freud permiten comprender, con sorprendente claridad, dos dimensiones esenciales del problema de la guerra.
La primera, expuesta por Einstein, es de carácter institucional y político. La segunda, desarrollada por Freud, es de naturaleza psicológica y civilizatoria, las dos ofrecen una conclusión: La paz no fracasa solo por ausencia de normas; fracasa también cuando el poder se sitúa por encima del derecho y cuando el odio logra organizarse como energía política colectiva.
Einstein: el derecho sin fuerza real termina sometido al poder
La preocupación central de Einstein era clara: el derecho internacional no puede garantizar la paz si carece de una fuerza real o autoridad efectiva que lo haga respetar o imponer su acatamiento.
Einstein comprendió que los tratados, las declaraciones y los tribunales internacionales solo pueden ser eficaces si existe una autoridad superior capaz de imponer sus decisiones. De lo contrario, el sistema jurídico internacional corre el riesgo de convertirse en una estructura formalmente respetable, pero materialmente frágil.
En otras palabras el derecho internacional queda reducido, muchas veces, a una promesa incumplida cuando las grandes potencias pueden ignorar las reglas cuando les conviene; cuando los organismos multilaterales pueden condenar pero no detener; cuando los vetos paralizan decisiones urgentes; o cuando la fuerza geopolítica se impone sobre la ley;
Einstein también advirtió otro fenómeno que hoy resulta dolorosamente familiar: la guerra no es solo un fracaso diplomático; también puede convertirse en negocio y en instrumento de poder.
Señaló con lucidez que existen minorías influyentes capaces de lucrarse con la guerra, con la fabricación y venta de armamentos y con la movilización de emociones colectivas para favorecer intereses particulares. Esa observación es descripción temprana de lo que hoy se expresa en complejos militares-industriales, geopolíticas de dominación y estrategias de guerra prolongada funcionales a intereses económicos y estratégicos, lo que les permite organizar y gobernar las emociones de las masas, y convertirlas en su instrumento.
En esencia, Einstein dejó una advertencia que hoy parece confirmarse una vez más: Cuando el derecho no tiene fuerza real para imponerse, termina subordinado al poder.
Freud señaló que la guerra no nace solo entre Estados; también nace en la condición humana, para Freud, la guerra no puede explicarse únicamente por conflictos entre gobiernos o disputas territoriales. También debe entenderse a partir de algo más elemental: la existencia de pulsiones agresivas y destructivas en el ser humano. Su tesis central podría resumirse así:
La violencia no desaparece por el simple hecho de que una sociedad se llame civilizada. La agresión, el odio, el deseo de sometimiento y la capacidad de deshumanizar al otro siguen presentes pero lo verdaderamente peligroso ocurre cuando esas pulsiones son estimuladas por liderazgos políticos; amplificadas por propaganda; justificadas ideológicamente; y convertidas en emoción colectiva.
En otras palabras: La guerra no comienza solo cuando estallan las bombas; comienza mucho antes, cuando el lenguaje despoja al otro de su humanidad. Freud explicó además que el derecho surge, precisamente, como un intento de sustituir la fuerza individual por la fuerza organizada de una comunidad. La ley, en ese sentido, no es la negación absoluta de la violencia, sino su domesticación a través de una estructura colectiva.
Pero para que eso funcione se requiere algo más que instituciones formales. Se necesita: comunidad real; vínculos humanos; cultura política; educación; conciencia crítica; y una mínima disposición de reconocerse mutuamente como parte de una misma humanidad.
Cuando esos vínculos se rompen, cuando la comunidad internacional se fragmenta moral y políticamente, cuando el otro deja de ser percibido como humano, entonces el derecho pierde capacidad de contención y la fuerza vuelve a hablar con su lenguaje más primitivo.
Freud, en el fondo, dejó otra advertencia que hoy resuena con crudeza: Sin límites al odio, ninguna arquitectura jurídica será suficiente.
La lección conjunta: fracaso institucional y fracaso civilizatorio
Si se leen juntas, las cartas de Einstein y Freud ofrecen una enseñanza de enorme actualidad, Einstein explicó el fracaso institucional, Freud el fracaso civilizatorio. El primero mostró que la paz se vuelve frágil cuando el derecho carece de fuerza real frente al poder. El segundo mostró que la paz se vuelve imposible cuando el odio se organiza, se legitima y se vuelve socialmente tolerable.
Cuando ambos fenómenos coinciden, el derecho débil y odio organizado, el resultado suele ser devastador. Y eso es, precisamente, lo que hoy el mundo contempla con inquietante claridad.
La guerra actual y la crisis del derecho internacional
Las guerras contemporáneas, las amenazas permanentes y la reacción contradictoria de parte del sistema internacional han dejado al descubierto una verdad incómoda: El derecho internacional y el derecho internacional humanitario no han desaparecido, pero han quedado gravemente heridos en su credibilidad, en su autoridad y en su capacidad real de protección.
No se trata de afirmar que los tratados ya no existen o que las normas humanitarias fueron derogadas. El problema más grave es que las normas subsisten; los principios siguen siendo invocados; los organismos internacionales continúan funcionando; pero cuando la fuerza geopolítica decide situarse por encima de la ley, todo ese edificio revela su fragilidad.
Por eso puede afirmarse, sin exageración, que el orden jurídico internacional ha sufrido una de sus pruebas más severas. No porque haya sido abolido formalmente, sino porque ha sido humillado por su incapacidad de impedir la barbarie cuando más se le necesitaba.
La consecuencia de esa situación es profundamente destructiva: Cuando el mundo percibe que la ley se aplica selectivamente, la confianza moral en el orden internacional se deteriora, y cuando la humanidad recibe el mensaje de que hay víctimas que conmueven más que otras, agresores a los que se condena y agresores a los que se tolera, entonces no solo se debilita una institución jurídica: se erosiona una idea de civilización.
Trump como síntoma, no como explicación única
En este contexto, el comportamiento de líderes como Donald Trump adquiere una relevancia particular, pero conviene evitar simplificaciones. El problema no es solo Trump, sería un error reducir una crisis estructural a un solo individuo, sin embargo, también sería ingenuo ignorar lo que representa. Trump no inventó la barbarie contemporánea, pero sí la expresa de manera descarnada, la vuelve impúdicamente visible y la convierte en estilo político. ¿Por qué?
Porque en su conducta pública se condensan varios de los mecanismos que Einstein y Freud habían identificado:
- Desprecio por los límites multilaterales;
- Subordinación del derecho a la conveniencia política;
- Exaltación del poder como imposición;
- Uso del enemigo como recurso de movilización;
- Banalización del sufrimiento ajeno;
- Conversión de la agresividad en forma de liderazgo.
Por eso, más que una anomalía aislada, Trump puede leerse como síntoma: La expresión más ruidosa de una crisis más profunda del orden internacional, de la cultura democrática y de la contención civilizatoria.
El peligro mayor: acostumbrarse al horror
Quizá el aspecto más grave del momento actual no sea solo la existencia de nuevas guerras. Lo verdaderamente alarmante y profundo es:
- Que la humanidad empiece a acostumbrarse.
- Que perdamos la capacidad de asombro y la masacre se vuelva paisaje.
- Que el sufrimiento de poblaciones enteras se convierta en rutina informativa.
- Que la indignación dependa del aliado geopolítico.
- Que el horror se administre por cuotas.
- Que la barbarie sea narrada como si fuera un dato más de la coyuntura.
Cuando eso ocurre, ya no se está únicamente ante una crisis de seguridad internacional. Estamos ante una crisis de civilización.
La tarea histórica: revisar acuerdos, cerrar vacíos, reconstruir comunidad
Si algo dejan hoy las cartas de Einstein y Freud no es solo un diagnóstico ni una advertencia, también dejan una obligación, no podemos seguir como respuesta con comunicados tardíos; condenas retóricas; selectividad diplomática; y promesas vacías de “nunca más” pronunciadas después de cada nueva masacre.
La tragedia actual exige una discusión mucho más seria.
Primero: revisar a fondo el orden internacional. Esto implica:
- Revisar acuerdos;
- Revisar mecanismos de cumplimiento;
- Revisar vacíos normativos y vacíos de coercibilidad;
- Revisar la selectividad con que se aplica el derecho internacional;
- Revisar el papel paralizante de ciertos mecanismos de veto;
- Fortalecer la capacidad real de los organismos multilaterales para actuar frente a las potencias y no solo frente a los débiles.
No basta con tener normas; es indispensable cerrar los vacíos por donde siempre se escapa la barbarie.
Segundo: fortalecer una autoridad internacional real
Esa fue, en esencia, la intuición de Einstein. Sin una instancia capaz de imponer límites efectivos al poder, el derecho seguirá siendo muchas veces un lenguaje noble, pero insuficiente.
Tercero: reconstruir comunidad humana
La esencia de lo advertido por Freud:
No habrá tratado que baste si la humanidad pierde la capacidad de reconocerse en el otro. Por eso también hacen falta educación para la paz; pensamiento crítico; cultura democrática; medios responsables; freno a la propaganda del odio; y una defensa activa de la dignidad humana.
Porque cuando el otro deja de ser humano, la guerra ya ha comenzado, aunque todavía no hayan caído todas las bombas.
La lección final
Si hubiera que resumir en una sola frase lo que hoy nos dejan Einstein y Freud, podría decirse así:
La paz no depende solo de buenos principios; depende de instituciones capaces de imponer límites al poder y de una civilización capaz de poner límites al odio. Einstein temía que el derecho sin poder fuera impotente. Freud temía que el odio organizado se volviera emoción colectiva. Las guerras actuales han confirmado ambas tragedias.
Por eso, la verdadera responsabilidad histórica que tenemos no es solo denunciar el horror cuando ya está en marcha. La verdadera responsabilidad es revisar los acuerdos, cerrar los vacíos, corregir la debilidad del sistema internacional y reconstruir una comunidad humana capaz de impedir que la barbarie siga regresando con distintos uniformes, distintas banderas y nuevos pretextos.
Porque la paz no se defiende solo con principios. La paz se defiende cerrando los vacíos por donde siempre regresa la barbarie.




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