CUANDO LA HUMANIDAD EMPIEZA A VER LA MASACRE COMO PAISAJE
- Dagoberto Quiroga Collazos
- hace 2 días
- 4 Min. de lectura
Nansen, Arendt y la banalidad del mal en tiempos de guerras administradas desde la geopolítica.
Por: Dagoberto Quiroga Collazos
Fridtjof Nansen y Hannah Arendt, cada uno en su tiempo, representan dos de las expresiones más altas de sensibilidad humana frente al sufrimiento de quienes han sido expulsados de toda protección.
Nansen comprendió, tras la guerra, que la mayor tragedia no era solo la destrucción material, sino la existencia de millones de seres humanos convertidos en refugiados, apátridas, prisioneros olvidados y víctimas del hambre. Arendt, al analizar el juicio de Eichmann, entendió que el mal no siempre se presenta con el rostro del monstruo, sino también con la frialdad de la rutina, de la obediencia, de la burocracia y de la normalización.
Ambos, desde trayectorias distintas, coinciden en una verdad esencial: la civilización no se mide por su poder militar, por la fortaleza del Estado ni por la sofisticación de sus instituciones, sino por la manera como trata a quienes han quedado completamente indefensos. Ese es, precisamente, el drama del presente.
No solo por la magnitud del horror que el mundo presencia a diario, sino por la forma en que ese horror empieza a ser absorbido por la normalidad. Ciudades arrasadas, familias desplazadas, pueblos sitiados, niñas y niños muertos bajo la lógica brutal de la guerra, ya no siempre son percibidos como una ruptura moral intolerable, sino como parte del paisaje informativo cotidiano. Lo que debería estremecer la conciencia universal empieza a ser procesado como una noticia más, como un dato más o como un episodio adicional de la geopolítica global.
Vale la pena preguntarse, entonces: ¿cómo ha llegado la humanidad a contemplar el horror como si fuera un paisaje natural? La pregunta es brutal, pero inevitable.
Mientras miles de vidas son destruidas y pueblos enteros son sometidos al desplazamiento, al hambre o a la muerte, muchos dirigentes del mundo parecen estar pensando más en el petróleo, en los corredores estratégicos, en las alianzas militares, en los mercados energéticos, en la defensa de intereses económicos y en el equilibrio de poder, que en el costo humano de sus decisiones o de sus silencios. Administran el sufrimiento sin que este logre interrumpir de verdad la conciencia moral del poder.
Ese lenguaje no es neutro. Es el lenguaje que convierte la vida humana en variable secundaria, la muerte en daño colateral y la devastación en un componente administrable del conflicto.
Hannah Arendt llamó a ese fenómeno la banalidad del mal. No porque el mal fuera pequeño, sino porque podía ejecutarse o tolerarse sin necesidad de odio explícito, a través de procedimientos, justificaciones, narrativas y obediencias que vacían al otro de su condición humana. El mal se vuelve banal cuando deja de ser percibido como una ruptura ética radical y empieza a operar como rutina.
La banalidad del mal no reside únicamente en quien da la orden o en quien aprieta el gatillo. También aparece en la cadena que hace posible la degradación: en quienes justifican, en quienes relativizan, en quienes convierten la muerte de inocentes en “daño colateral”, en quienes administran la tragedia desde la distancia o la comodidad, y en quienes terminan acostumbrándose a ella. Todo ello revela una crisis moral de la civilización.
Cuando la muerte de niñas y niños en un conflicto armado deja de provocar una indignación universal; cuando el sufrimiento empieza a ser evaluado según conveniencias ideológicas; cuando la compasión se vuelve selectiva; cuando unas vidas parecen merecer duelo y otras apenas una nota de prensa; cuando la destrucción masiva es absorbida por la lógica de los intereses estratégicos, la humanidad no está simplemente ante una guerra: está ante el riesgo de perder su capacidad de reconocerse a sí misma.
Cuando el ser humano queda abandonado a esa lógica perversa, comienza la verdadera prueba de la política, de la ética y de la civilización.
El refugiado, el desplazado, el hambriento, el prisionero olvidado, la niña asesinada bajo el peso de una guerra que no eligió, no son daños laterales de la historia. Son el espejo en el que se mide la dignidad de una época.
Nansen entendió algo que el mundo actual parece haber olvidado: cuando el ser humano queda sin patria, sin protección o sin voz, no empieza solo una crisis humanitaria; empieza la verdadera prueba del orden político. No la prueba del poder, sino la prueba de la humanidad.
Por eso, si el orden internacional se moviliza con más rapidez para blindar intereses geopolíticos que para detener la muerte de los civiles, ya no puede hablarse de civilización en sentido pleno. Si protege mejor las rutas del petróleo que la vida de los inocentes, si garantiza con mayor eficacia los mercados que el refugio, si administra con más precisión la guerra que el pan, entonces no se está simplemente ante una falla diplomática: se está ante una quiebra moral.
Lo más aterrador no es solo que existan quienes ordenan la barbarie.
Lo más aterrador es que el resto del mundo empiece a contemplarla como si fuera parte del paisaje.
Ahí comienza la degradación más profunda de una época.
No solo cuando se mata, sino cuando se deja de estremecer ante la muerte de los inocentes.
Porque la banalidad del mal empieza exactamente en ese punto: cuando la masacre deja de escandalizar, cuando la muerte de los inocentes deja de interrumpir la conciencia moral, y cuando el horror empieza a parecer normal.




Comentarios