• Luciana Cadahia

La articulación del campo popular

Actualizado: 19 dic 2021

Estoy de acuerdo en que han quedado por fuera muchos nombres valiosos dentro de las listas del Pacto Histórico. También estoy de acuerdo en que es una lista imperfecta. Faltaba más.


Pero lo que no salta a la vista es que esa "imperfección"  deba conducir de manera "necesaria" a una especie de revoltijo raro entre el desencanto, la vergüenza y la sensata distancia. 


Toda, pero toda la burocracia, la economía, la cultura y la política de Colombia está construida para que el pueblo se odie a sí mismo. Si algo han sabido construir muy bien las élites colombianas es el auto-desprecio popular. Y las formas en que este auto-desprecio aparece adopta figuras disímiles entre sí. Pero apuntan a lo mismo: evitar a toda costa un entusiasmo popular.


Por eso, decía, es la primera vez en mucho tiempo que un número importante de movimientos sociales y partidos políticos han logrado algo impensable, a saber: construir unidad popular.


Otra vez: ¿Cuántos años lleva Colombia sin poder construir una articulación de estas características? Sí, ya sé. No es la máxima expresión del feminismo. Encierra un montón de complejos, resabios señoriales y prácticas patriarcales. El movimiento antirracista no esta a la cabeza como se merece. Y la cuestión ambiental debería ser mucho más clara ante el ingreso de figuras de la política más convencional. También hay figuras opacas, vinculadas con los momentos más oscuros de la vida política colombiana. Es, en todo sentido, una unidad imperfecta.


Pero lo que poco nos animamos a decir es que esta unidad imperfecta es un espejo de la heterogeneidad popular colombiana, reactiva y emancipadora, feminista y evangélica, antirracista y señorial.


No es desde un partido político diseñado en un laboratorio Ivy Leager de estudios de género como se transforma un país. Con leer un poquito de teoría política sabemos que esto se hace con el mismo material de la historia, con el ethos de nuestros pueblos. Es decir, es un pacto desde la heterogeneidad. Y no hay que olvidar que esta heterogeneidad, con sus luces y sus sombras, es lo que el pueblo colombiano hizo de sí mismo.



El Pacto Histórico nace de este ethos y, por eso, es un proyecto heterogéneo. Lejos de los cónclaves y del buen rollito fayuto del uniandinismo. Y, como toda heterogeneidad, es algo incómodo, nos cuesta habitarla. Implica articular con los que no están de acuerdo con uno. Incluso, con los que piensan completamente distinto. Eso supone un conflicto perpetuo.


El proyecto no cierra, no consuela, no te permite reconocerte en todos sus puntos. Incluso hay costados que producen verdadera aversión.


Por eso, me parece, hay algo que diferencia a los proyectos nacionales-populares de los programas de izquierda convencional. Estos últimos tienen serias dificultades para negociar con lo que no esté en su programa.  Descubren traiciones, indignaciones y marcan líneas rojas por todos lados. Actitud que otorga un extraño lugar -poco democrático, por cierto- de superioridad moral. Ven herejes en todos lados, traidores de la verdad que ellos han sabido conservar y por la que se han sacrificado a prueba de todo.


Los procesos nacionales-populares, en cambio, son menos impacientes (y no por eso menos críticos), suponen un trabajo diferente con lo que se opone y se arrojan a la experiencia en sus contradicciones.


Pero, por sobre todas las cosas, creo que los programas siempre tienen algo de iluminación, de narcisismo que autopercibe un lugar privilegiado de saber -aunque sus causas sean las más justas, las más igualitarias o las más cool-. Y, todo eso, estimo, es el reverso inconfesado del elitismo, es decir, del desprecio a lo popular.


Los movimientos nacionales-populares, en cambio, parten del amor a lo popular, del esfuerzo por destruir las formas de auto-desprecio en los que las oligarquías coloniales nos ha situado. Uno nunca, pero nunca sabe hasta qué punto labura para ese amo. Desde los culturillas dizque sensatos y amigos del punto medio, pasando por la gente de bien o los burócratas de contrataciones interminables, hasta el pensador de moda de universidad privada.


Los tentáculos del auto-desprecio funcionan como un registro socio-simbólico muy cabrón, muy arraigado, incluso, hasta en la forma de nuestra conciencia crítica.


Por todo ello, creo que ceder al chantaje del desencanto con las elecciones en Colombia es una forma más de trabajar para el amo, es decir, para la oligarquía. Más aún, es el último tiquete de salvación que te otorga para que no te untes de ese pueblo que, seguro, fracasará. Es el último consuelo metafísico para que no te lances a hacer una experiencia en la que no habrá amo a quien echarle la culpa. Es el último refugio para no hacer el oso, para que no se te note que vos tampoco pertenecés a ese club selecto. Pero, por sobre todas las cosas, es una invitación chimba para que no atravieses la fantasía y no lleves a cabo el difícil laburo de mirarte en ese espejo que todos desdeñan porque preferirían ser extranjeros.


No sé, amiges, prefiero llenarme de entusiasmo, untarme de pueblo y quedar del lado de los mamertos de la historia. Prefiero ayudar a cultivar evangélicas feministas a quedarme en el gueto de la verdad revelada del feminismo bien pensante. No hay nada más convencional que creerte libre de ser un mamerto porque descubriste el índice de mamertada en el otro. Paso de hacerle el juego a la oligarquía colombiana y a todos los culi-fruncidos convencionales que no han hecho otra cosa que laburar para perpetuar una guerra de clases en un país donde los muertos, casi siempre, los ha puesto el pueblo (de lado y lado).


Me arrojo al entusiasmo de revivir a esos muertos, conmemorarlos y devolverles un poquito de luz en este extraño proyecto popular llamado Pacto Histórico.

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