• Tania Helena Gómez Alarcón

Violencia política, poder y "peleas pequeñas"


Hay una expresión y categoría muy usada que he podido experimentar en la militancia política: “la pelea pequeña”. Con solo tildar de “pelea pequeña” el reclamo del compañero o compañera mágicamente se anula la posibilidad expresiva del otro. Así, el reclamo de justicia en las cotidianidades de la militancia política se anula, con la justificación de que existe una pelea verdadera: la pelea grande, la pelea con el contrincante real, el régimen, los otros partidos, la derecha, etc.


Esta expresión categórica ha salido a colación -de manera recurrente por parte de algunos- precisamente en la coyuntura de recomposición del poder y luego del triunfo de la izquierda en Colombia, nuestro triunfo. Ha resultado aquí que reclamar un lugar en justicia, de acuerdo al trabajo realizado y a los cargos designados democráticamente, es -paradójicamente- para unos una “pelea pequeña” o por burocracias; con ello, invalidan de plano la exigencia de los principios de coherencia, correspondencia, reciprocidad e inclusive culpabilizan al que reclama.


¿Cómo es posible que un militante pueda reclamar su lugar? ¡Eso es una pelea pequeña! - señalan con todo el ímpetu del caso. Con esta calificación se evade el reclamo justo, la posibilidad de dar una explicación coherente frente al desconocimiento y anulación del otro/a de un espacio de participación política. La posibilidad de diálogo y esclarecimiento sobre el reclamo planteado se rompe y queda la imposición del señalamiento soterrado: eres pequeño/a, logrero/a, tienes intereses personales, quieres poder. Y se reduce al que reclama al ostracismo, al silencio, a la exclusión justificada por insolente y pequeño.


Sin embargo, el fin soterrado del argumento de la “pelea pequeña” es realmente borrar la posibilidad de reclamar coherencia en la cotidianidad de la política entre compañero/as, anular la posibilidad del diálogo, evadir el reconocimiento de responsabilidad en el desacuerdo planteado y evitar abordar la ética en la praxis política. Aludir a la “pelea pequeña” se convierte en un eficiente recurso de un discurso de manipulación que no aborda el desacuerdo, cierra la conversación, señala al compañero/a-, ataca su perspectiva, culpa a quien está haciendo un reclamo válido, pero además lo culpa de tener un interés personal, cuestionando la validez de su reclamo y; finalmente, oculta la responsabilidad e intencionalidad de quien emite el señalamiento para justificar sus acciones y banalizar el reclamo del otro/a y su aspiración legítima de democratizar la toma de decisiones, construir conjuntamente o participar en los espacios de incidencia política. De esta manera, se mantienen las prácticas de exclusión, las dinámicas de las roscas y, en definitiva, los entramados de micropoder al interior.


Frente a esto debemos interrogarnos si realmente seremos capaces de construir un partido moderno a la altura del momento histórico, capaz de superar las mezquindades. Para ello, se requiere empezar por ser militantes políticos ejemplares, que esto se vea traducido en las cotidianidades de la política, en el trato entre compañero/as; que seamos una militancia con la autoridad ética para abordar la llamada pelea grande, que de verdad nos diferenciemos de las prácticas políticas que pretendemos superar; pues no basta con distanciarnos del proyecto político del contendor sino, también, de las prácticas que se han usado históricamente para hacerse al poder. Y aquí cabe preguntarnos sobre nuestro concepto y sentido del poder, el poder entendido como la capacidad para materializar una apuesta política progresista, efectiva, comprometida y consensuada, basada en la participación y en el reconocimiento del otro/a; o el poder entendido como la capacidad de ejercer control y coerción sobre el movimiento, las burocracias y los compañero/as de militancia y coequipería, basado en la capacidad de dar, degradar o de retener recompensas, privilegios, asignaciones, incluir y excluir.


Este último es un tipo de poder empobrecido, burocrático, jerárquico y, sobretodo, patriarcal; se ejerce de manera silenciosa, mediante acuerdos privados o tácitos, en complicidad y sin dejar huella evidente. Sus agentes deben ser obedientes, no tienen participación deliberativa en paridad, se da a través de jerarquías y lealtades serviles e interesadas en obtener rédito, se logra a codazos y con adulaciones. Ganar prestigio, figurar, ser reconocidos, incluidos en la rosca, obtener un lugar –este si burocratizado- es uno de los motivos centrales para participar y nutrir este tipo de poder; de fondo está el ego y su satisfacción, ser, pertenecer. En este contexto, el discurso sirve para lograr un lugar en el poder y -con certeza- puede existir creencia sincera en el ideario de modo intelectual; sin embargo, la narrativa divulgada no se acompaña de una praxis coherente, en nuestro caso, la política del amor. Con estos métodos, la posibilidad de ganar la pelea grande es lejana porque, así las cosas, todo cambia para que todo siga igual y estaríamos alimentando así nuevas camarillas y aparatos clientelares emergentes.


Se trata, entonces, de definir si permitiremos entramparnos en el discurso aparente con un ejercicio de poder coercitivo y jerarquizado, que instrumentaliza lo popular mediante una falsa participación (o una participación a codazo limpio) y que termina siendo un poder abusivo; o seremos capaces de desarrollar una práctica política coherente con el discurso y nuestro programa de manera genuina, a partir de la construcción de poder popular real: participativo, colaborativo, paritario, con metodologías idóneas, sano relacionamiento y reconocimiento del otro/a.


Así las cosas, lo político no solo es un contenido de propuestas programáticas que deben aterrizarse en políticas públicas, programas, proyectos, legislación. Nuestro proyecto debe ir acompañado de coherencia en la práctica, pues no se trata de reclamarle exclusivamente al contendor “grande” sobre su responsabilidad en la violencia en Colombia, sino de nosotros mismos cuestionarnos y hacernos responsables sobre cuánta violencia reproducimos en nuestros hábitos y prácticas cotidianas, inclusive con nuestros copartidarios y coequiperos, a los que nos resistimos a reconocer y dar el trato de compañero/as.


La violencia la llevamos a cuestas en Colombia, lastimosamente está en nuestra psique colectiva, fruto de la historia de exclusión y guerra de la que somos descendientes. Nos corresponde a nosotros mismos hacer el tránsito, hacernos conscientes, responsables, transformarnos; por ello, el cambio político partirá sobre todo de nosotros mismos y nuestras prácticas. Reconocer la validez de los reclamos y desacuerdos internos es apenas el inicio, estar abiertos a reconocer y comprender el lugar del otro/a es el camino para lograr consensos o acuerdos que puedan incorporar visiones diversas. Para continuar ganando la pelea “grande” y conservar el poder alcanzado se requiere que, de manera decidida, consciente e inteligente, resolvamos las denominadas “peleas pequeñas”, dándoles el lugar que les corresponde. Solo transformando la cultura de la violencia en una cultura de paz avanzaremos con pasos ciertos hacia el logro de la paz completa.


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